Algus

¿Aún sueñas con monstruos?

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Dijo mientras la luz tocaba su cuerpo bañado de copos de nieve bailando una sonata que no podíamos escuchar. Me sentí desnuda, mi garganta estaba seca. Mis manos estaban frotándose como si quisieran asegurarse de que eran reales.

Mi respiración daba vida a una blanca tela de aire que terminaba por abrazarlo. Le susurraba mis deseos más profundos. Y al parecer, también mis miedos.

Esa pregunta me la hacía yo cada día, se formaba en el espejo. Lo escuchaba en las frías vías del metro todos los días. El ruido era electricidad, imperceptible a la vista pero corriendo a una inmensa velocidad. Me llena el cuerpo y me pierdo en la oscuridad después del apagón. De chica podía controlarlo, o por lo menos eso quería creerlo. Era normal estar rodeada de monstruos desprendiendo su olor y que nadie podía percibir.

O no querían hacerlo.

Las luces comenzaron a pestañear. Brillaban y hablaban entre sí en código Morse. Se decían cosas dulces y se les podía sentir la calidez de sus emociones.

Lo observé con detenimiento. Mis ojos no querían perderse de ningún detalle. Estaban hambrientos de información, querían tocar todo a su alrededor. Querían gritar y hacerme saber que estaban vivos. Que todo era real.

Y él estaba allí, congelado en el tiempo.
Formando la misma pregunta.

Solté mi cuerpo. Dejé caer mis rodillas a su lado. Froté sus manos y quise hacerle saber que estaba allí.

Pero era tarde.

A su lado yacía uno de ellos. Sus brazos habían caído primero, presas de mi kusarigama. Pero eso no había impedido que su deforme hocico se lanzara rápidamente a su víctima, y así hacer uso de ella como escudo mientras tratase de curar su heridas. Un error en segundos por parte mía y uno en centímetros por parte de eso. La víctima había muerto al contacto. Al notarlo, no vacilé en usar toda mi fuerza para separarlos a ambos en un solo golpe.

Uno que terminaría pintando la nieve.

Y derramé lágrimas en sus mejillas. Sus ojos seguían observándome. Sus labios seguían hablándome. Formulando la misma pregunta. Me acerqué al costado de su rostro con tal naturaleza como una abeja que es atraída por la flor indicada.

—No —le murmuré al mismo tiempo que arreglaba mi cabello—. Ya hemos despertado. Lo siento.

La humanidad aún no puede explicar su origen. Mucho menos su existencia. Y es que tal aberración no pudo haberse dado de la noche a la mañana. Pero todo indica a qué así fué. Y nadie quiere aceptarlo.

O no pueden hacerlo.